Otro veintinueve de septiembre…

Es casi medianoche, diez minutos faltan para que el reloj cambie de fecha. Marca 28 de septiembre del 2016, recuerdo perfectamente el del 2010… 

Un mes antes de esa fecha discutimos, ¿te recuerdas? Fue por teléfono, estaba yo en la universidad en una de esas actividades que en ese entonces me parecían sensacionales, convenciéndome de que carrera quería seguir. Estaba con mi hermana y un amigo y me llamaste:  

– ¿Aló?

– Nena, ¿cómo te fue? ¿Ya vas a venir? 

– ¿Cuál es la gana de querer controlarme siempre? ¡Ya voy a llegar!

Y colgué. Qué maldita, te colgué. No sé cómo me soportabas… de verdad. No merezco amparo, tenía ya 18 años y era toda una imbécil. 

Llegué pues, a la casa. Me recibiste con una sonrisa a pesar de la hijueputada que te había hecho hace un par de horas. Jamás me lo voy a perdonar, sabelo. Fue exactamente un 28 de agosto… 

Septiembre llegó y el frío te pasó factura, te costaba un poco más respirar y siempre me molestabas con que te llenara de agua el vaso humidificador de tu concentrador de oxígeno. Todos los días, no había día que no lo hicieras y no te imaginas cuánto lo detestaba. Hoy daría todo lo que tengo por escuchar el “¿mi amor me llenas el vaso por favor?” Qué cretina, ni yo me soportaría ahora.

Solo habían pasado dos años desde que fui diagnosticada con trastorno depresivo y lo único que quería era estar sola todo el tiempo. Mi papá siempre me decía que pasara más tiempo contigo, que después me iba a lamentar. Y en mi cabeza estaba la estúpida idea de que mientras menos tiempo pasara contigo, menos me iba a doler cuando murieras. Hoy puedo decir que ha sido el error más grande de mi vida -y vaya que he cometido grandes errores- me dolió cinco veces más. 

Mi día favorito de ese mes y ese año fue el 26. Tú estabas enferma pero siempre fuiste capaz de amar y de demostrarlo. Recuerdo que querías ir al baño y yo te llevé, estábamos solas en la sala. Te sostuve y te dije que ahí estaba, pero era obvio que si tu cuerpo perdía equilibrio, no iba a poder aguantarte. Tu cuerpo hinchado y débil dependía de mi, no sé de dónde saqué la fuerza pero lo logré. Te senté de nuevo en el sillón -en el cual me encanta acurrucarme porque aún huele a ti- y me dijiste: “Te amo”. Qué palabras tan hermosas, tan sinceras y fuertes salieron de tus labios esa noche. Quién me iba a decir que sería lo último que iba a escuchar de ti.

En el año de graduación de la secundaria hay eventos que son indispensables, y el lunes 27 fui al colegio a estudiar el temario, ese que me causó un shock que me dejó en cama con suero por tres días a causa de no dormir. Ya me lo sabía de memoria, pasé todo el año trabajándolo. Aún así, fui. Debí quedarme…

Eran como las diez de la mañana cuando recibí un mensaje: “Don Fito va a ir por ti. Mama está en el hospital”. Otra vez, pensé. Pero no me preocupé, desde que tengo ocho años he pasado en el hospital cada poco. Ese enero recuerdo que estuviste en el intensivo como siempre, pero esa vez no pensé que fueras a regresar, siendo franca. Supuse que esa vez sería igual -porque en mi mente tú eras inmortal- no cabía la idea de que una chica como yo, pudiera perder a su mamá. Era imposible. Qué equivocada estaba… 

Don Fito es un señor que tiene servicio de taxi privado, una persona que tenía total confianza de mi familia. Hace mucho no lo veo. Íbamos camino a casa cuando me dijo: “Nena, la vida es algo tan frágil como la llama de una vela. Un soplo y se puede apagar” Pude sentir como mi corazón se aceleró, no quería que la vela se apagara, todavía no. 

Cuando estaba en el hospital, ya con mi hermana, algo se apoderó de mi y no podía articular palabra, no quería entrar a la sala de cuidados intensivos. Maldito lugar. 

Entré, te vi, me desmoroné. Tenías como cien cables en todo tu cuerpo, estabas acostada. Tenía años de no verte acostada pues tus pulmones a punto de colapsar no te lo permitían. Estabas entubada, tus ojos estaban cerrados y yo solo quería gritar y abrazarte, pero no pude. Además que me sacaban si lo hacía y quería pasar contigo todo el tiempo posible. 

El martes por la mañana la sala del hospital estaba llena de tus amigas, las personas que te querían y aunque no pudieran verte nos hizo mucho bien la compañía. Entré de nuevo, seguía sin hablar y me decía a mi misma: “¿Sos idiota?” No podía creer que no pudiera decirte nada, sólo podía verte y esperar a que alguien me despertara. Claro, no pasó. 

La visita era dos veces al día, a todas fuimos excepto a la del martes por la tarde. Solo fue mi papá, supongo que era su momento para decirte adiós. No imagino lo que se sentirá una despedida así…

¿Te recuerdas de nuestro “campamento”? Mis hermanas y yo dormíamos contigo en la sala por si necesitabas algo. Más creo que era para que no te sintieras sola y te deprimieras, o tal vez era para que nosotras sintiéramos que aún estabas a pesar de que sabíamos que pronto ya no lo ibas a estar. 

29 de septiembre del 2010, 3:00 am. Nunca había escuchado que alguien bajara las gradas tan rápido y con tanto escándalo. Era mi abuelita… cuánto desearía que esa llamada jamás llegara. 

Te fuiste mamá, después de nueve años por fin te fuiste… tu dolor desapareció, ya no usarás más oxígeno ni tomarás una cantidad excesiva de medicamentos. 

No lo podía creer, yo lo sabía a pesar de que nadie dijera nada. Pero necesitaba escucharlo, tenían que decírmelo para poder creerlo. No me dijeron nada, tal vez por eso sigo sin aceptarlo a pesar de que te vi en el ataúd.

Seis años han pasado desde esa madrugada, muy parecida a esta pero ahora duermo sola en el piso de arriba. Casi todo sigue igual a esta hora, el ruido del concentrador de oxígeno aún lo escucho a diario, tu olor aún lo siento, y mientras escribo esto escucho la playlist que hice con las canciones que te gustaban. Hay una que habla de rosas y lágrimas, tu favorita. Tengo puesto tu sudadero anaranjado que me rehuso a lavar porque aún tiene tu aroma, si supieras cuánto me ayuda cuando tengo una crisis. 

Ven, despídete de mi, por sexta vez. Así como todos los años. Otro veintinueve de septiembre, otro día que quiero omitir. Sigo enojada, triste, amargada, con un vacío que me está costando llenar. Sigo molesta, peleando, confundida queriendo entender tanto. Sigo esperando el día en que te encuentre y gritarte y reclamarte pero tener la certeza de que me quedaré contigo para siempre. No importa cuando, estaré lista por si un día quieres que te acompañe a donde sea que estés. 

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Vive, ríe, llora, sueña… hoy.

Hay un lenguaje que todos entendemos, una canción que todos conocemos y la cantamos a nuestra manera única y especial. Hay momentos en que todos nos perdemos y nos cuesta regresar para encontrarnos. 

Hay instantes que se vuelven recuerdos, los más especiales sin siquiera darnos cuenta. Hay lugares que se vuelven canciones y canciones que se vuelven personas… Y de nuevo, personas que se vuelven canciones y canciones que se vuelven lugares.

Hay finales que se convierten en principios y principios que jamás llegan, saltándose al final de algo que nunca empezó. Hay palabras que aún existen, pero el significado caduca, para cada uno de manera diferente. 

Y es que todo es temporal, la tristeza que hoy te acongoja… por eso no te agobies, mañana se irá. La sonrisa que provoca la felicidad, por eso disfruta el momento, hazlo tuyo. 

Todo cambia, todo termina, solo queda lo que fue y lo que será. Pero ni el pasado ni el futuro están, más el hoy si, y es algo que se debe de atesorar.

Discúlpeme tía, no me quiero casar. 

De las 80 veces que he dicho que no me quiero casar, puedo decir que unas 70 me han dado la misma respuesta: “eso decís porque no ha llegado el indicado”, las otras 10 han sido un “yo tampoco” de mis amigas que tampoco quieren contraer matrimonio. Está bien, “no ha llegado el indicado” y otras formas de disfrazar un “no vas a ser feliz si sos una solterona” puede que tengan un poco de coherencia y lamentablemente un poco de razón. Pero hago una pregunta abierta, ¿tanto temor existe hacia el hecho de que una mujer se quede “sola”? ¿Temor a qué? Estoy segura de que cualquier ser humano es capaz de ser feliz tanto si está acompañado o solo. De distinta manera, pero feliz. Me aterra cuando alguien se molesta al escucharme decir: “no quiero tener hijos” porque me hace cuestionarme qué o quién les ha dicho que tienen derecho siquiera a opinar sobre mis decisiones. ¡Sálveme la vida de tener que rendirle cuentas a alguien más que no sea yo! Y no encuentro una palabra más certera que “hipocresía” cuando escucho el “no has encontrado quien te robe el corazón” porque mi corazón no es para robar, así a la fuerza no… Y de cierta manera se siente como un juego de mesa en el que existe un comodín para excusar la soltería. Cuando en las reuniones familiares la tía indiscreta te pregunta por el novio al que dejaste hace dos años -y ella lo sabe- pero le encanta el chisme y quiere los pormenores y ya luego te dice: “ya te llegará el príncipe azul” porque simplemente no puede ser posible que una mujer joven esté soltera. Claro, necesita un hombre que le “quite el mal humor”… ¿Por qué es necesario tal acto de hipocresía en el cual aceptas que está soltera y no quiere tener hijos “porque no ha llegado el indicado”? Y peor aún, tener hijos y ser soltera… ¡Dios nos salve de tal atrocidad! No querer ser esposa, madre y ama de casa no es un delito, no te hace menos mujer ni criminal. Es la sociedad quien lo impone… ¿Libertad? ¿Cuál?