Mi Hija Paola 

Mi hija Paola ya tiene diez años. Le encanta cantar, bailar, es muy extrovertida y le gusta soñar con que algún día será una estrella de cine. Y yo cada día la veo más linda, algunos dicen que se parece mucho a mi, pero aún no estoy del todo segura. 

A veces le gusta que la peine como a una niña grande, pero todavía juega con muñecas y tiene un cariño especial por los peluches, los cuales guarda en su cartera de señorita que lleva a todos lados.

Es una mezcla entre niña y un intento de adolescente que la verdad le sale muy bien. No sé cómo ha adquirido tanta sabiduría en tan pocos años, pero puedo asegurar que da los mejores consejos del mundo, que he de decir, en su mayoría he seguido y me ha ido muy bien. Es una niña encantadora. 

Mi hija Paola me enseña tantas cosas, a amar la vida, la naturaleza, a los animales, a sonreír a pesar de los problemas, a decir “estoy bien” aunque no lo esté. Hay muchas lecciones de vida que he aprendido de ese pequeño ser humano que llena mi vida de una manera que ni yo misma imaginé. Pero hay una en especial por la que siempre le estaré agradecida: me ha enseñado a ser mamá.

Desde el momento en que nació me enseñó a amar a alguien sin conocerlo, no por el tiempo o las experiencias sino por el llamado de la sangre y los lazos que te unen a esa persona. Pude aprender a cambiar pañales, a preparar biberones, pude aprender cómo se baña a un bebé, a disfrutar el contacto piel con piel que requiere un bebé prematuro y todo lo que eso conlleva. Ella y yo tenemos un lazo de amor muy especial. 

Aprendí a tomar sus manos cuando dio sus primeros pasos y a través de los años a comprender cuál es el comportamiento correcto que debo de tener para ser un ejemplo a seguir digno, no siempre lo logro pero lo sigo intentando. 

Yo, en cambio, le he enseñado a comer vegetales y a no consumir tanta azúcar. Me encanta cuando me pide permiso para poder comer un poco de helado. No la quiero molestar ni mucho menos privar de las cosas que a los niños les encantan, solamente quiero que siempre esté saludable. 

También le he enseñado a combinar su ropa y a usar brillo para labios. No dejo que le corten el cabello, porque yo siempre me arrepentía cuando me lo cortaban de pequeña, pero también he comprendido que es su cuerpo y ella es libre de tomar sus propias decisiones. 

Hemos aprendido tantas cosas juntas, ella de mi y yo de ella, he contribuido a su formación como ser humano y me siento orgullosa. Pero jamás podría quitarle el mérito a mi hermana Isabel y a mi abuelita Lucy, quienes han dado cada segundo de su vida por el bienestar de Paola y por ello estaré eternamente agradecida. 

Mi hija Paola me ha dado la aventura más grande de la vida, me convertí en madre sin pedirlo y mucho menos sin saberlo, pero jamás me arrepentiré de esa enorme lección. No por lo poco que yo le haya enseñado a ella sino por lo mucho para lo que ella me ha preparado. 

Yo no soy la madre de Paola, no nació de mi vientre. Pero definitivamente ella si es mi hija, porque mucho de lo que tendría que aprender para ser madre lo aprendí de ella, mi hermanita menor.